HAY QUE REVALORIZAR LAS RELACIONES CARA A CARA

  • Se ha ido perdiendo la comunicación personal.
  • La falta de momentos humanos aumenta la ansiedad y la preocupación
  • La productividad se ve afectada.

Uno tiende a preguntarse hasta dónde hemos llegado cuando corresponde a un psiquiatra docente de la Escuela de Medicina de la Universidad de Harvard destacar que es importante que la gente se comunique cara a cara. Más aún cuando el doctor Edward Hallowell (de él se trata) se ve en la necesidad de bautizar ese fenómeno como el momento humano. Según sus propias palabras, esa necesidad se basó en “la creencia de que el contacto personal entre las personas había empezado a desaparecer de la vida moderna y en la sensación de que todos podríamos estar a punto de descubrir el poder destructivo de esa ausencia”. Así, una conducta que debería ser propia del ser humano en su carácter gregario, se transforma en una práctica cuasi gerencial que merece ser fomentada y resguardada del olvido.

Hallowell llega a las conclusiones que publica en la Harvard Business Review basándose en años de diván de sus pacientes ejecutivos, en estudios sobre química neuronal y en los resultados de investigaciones propias.

Para que se configure un momento humano deben cumplirse dos requisitos: la presencia física de dos personas, y su mutua atención emocional e intelectual. Estos elementos son los que determinarán, a decir de Hallowell, un encuentro psicológico auténtico en el que los protagonistas compartan un mismo espacio físico y simbólico. Esto no significa que el contacto deba dejar exhaustos a los protagonistas ni que el contenido deba ser personal. Una comunicación concisa sobre temas laborales bien puede ser un momento humano.

Cada uno de estos momentos requiere de una cierta dosis de energía de los participantes y sus beneficios no duran para siempre.

Para que rinda sus frutos, al igual que la gimnasia, la práctica de los momentos humanos debe ser cotidiana. En el ámbito del trabajo, esa práctica se va perdiendo de la mano de las crecientes facilidades tecnológicas para interactuar a distancia. Las consecuencias son sentimientos de soledad, confusión, aislamiento, insatisfacción y hasta desconfianza.

En el nivel individual, la pérdida de momentos humanos puede llevar, en los casos más severos, a cuadros de paranoia. Para la mayoría, sin embargo, lo que aumenta es la sensación de ansiedad y preocupación. Esto es así porque las comunicaciones electrónicas eliminan prácticamente todos los signos que complementan la comunicación cara a cara (postura corporal, tono de voz, expresión facial) que mitigan esa ansiedad, ya que ayudan a decodificar adecuadamente lo que el otro intenta expresar.

A la disminución de momentos humanos hay que agregarle un aumento de interacciones no humanas. Este aumento también es nocivo para las personas. La gente siente que sus días están llenos de tiempo al frente de la pantalla, la variedad de contactos diversos se agota y el funcionamiento cerebral se ve reducido por la monotonía a la que es expuesto durante gran parte de la jornada laboral. Es casi innecesario aclarar el impacto que esto puede tener en la productividad y en la calidad del trabajo realizado.

A gran escala, estos sentimientos pueden llevar a la destrucción del espíritu de cuerpo. Cuando el e-mail, el contestador automático y el chat reemplazan las comunicación directa, los malentendidos abundan, las reglas de cortesía desaparecen y susceptibilidades heridas derivan en diferencias irreconciliables. Es difícil de creer que necesitemos del consejo de un psiquiatra para, simplemente, acordarnos de volver a las fuentes. Esto no significa que reneguemos de la tecnología, sino que debemos enfrentar los problemas ocultos que su uso puede traer aparejados.

Por Gabriela López Galelo  (Diario LA NACIÓN)

2018-12-07T13:40:10-03:00
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